Una medicina de otro mundo, Cuerpomente

Medicina oriental

Al mirar hacia la tradición china en busca de remedios que pueden ser de utilidad para una práctica moderna, encontramos una concepción sorprendente -desconcertante al principio, después admirable- de la vida, la salud y la enfermedad.

Los contenidos de esta medicina resultan de difícil transcripción. No tan sólo están lejos en el tiempo y en el espacio, sino que reflejan una forma de pensar extraña a nuestra cultura. En nuestro vocabulario no tenemos correspondencias a sus ideogramas, ya que los conceptos son tan distintos como la lógica que los enlaza. Así, la traducción de chi por “energía” no tiene en cuenta que el pensamiento chino no separa la energía de la materia: no existe una palabra que describa la energía a punto de materializarse o la materia a punto de transformarse en energía.

Para mantener un mínimo rigor, los textos que la describen salpican de caracteres chinos las metáforas y las continuas referencias a unos “elementos” naturales. Y cuando las relaciones entre el “fuego” y el “agua”, la “madera” y el “viento”, se describen en términos de polaridad mediante los, éstos si intraducibles, Yin y Yang, el lenguaje parece hermético, accesible sólo a los iniciados; mientras deja perplejo a quien simplemente se interesa por el tema y alimenta el escepticismo del simple curioso. Son unas imágenes que además de facilitar su comprensión y embellecer su estudio, recuerdan que nuestra vida es parte del cosmos, un proceso natural más. Un punto de vista humilde, difícil de aceptar desde una cultura arrogante, empeñada en dominar a las demás. Este lenguaje aparentemente arcaico expresa, sin embargo, la profunda racionalidad del pensamiento médico chino. Para quien tiene una formación científica, la medicina china se basa en estructuras “inexistentes” como los meridianos y en órganos como el san jiao -triple calentador- que ningún anatomopatólogo ha podido ver. En cambio, órganos importantes en la medicina oficial, como las suprarrenales o el páncreas, son ignorados por el médico chino.

Lejos de relegarla al campo del esoterismo, esta indiferencia a los dictados de las estructuras anatómicas tiene su razón de ser: al contrario de la científica, la medicina china está pensada para corregir los trastornos antes de que se produzca la lesión y una visión funcional de los órganos es imprescindible para cualquier medicina que aspire a actuar preventivamente.

Sutiles métodos diagnósticos, en especial la lectura del pulso, le permiten actuar en ausencia de enfermedad y corregir en su origen los pequeños desajustes, mejorando así la capacidad de adaptación del organismo a las tensiones de la vida cotidiana.

La china es una medicina de funciones que poseen medios para restablecer los trastornos reversibles. Así la correcta aplicación de sus medios de diagnóstico y de tratamiento permite recuperar un esguince de tobillo en pocos minutos. Una rinitis alérgica puede ceder en menos tiempo del que precisa la medicina oficial para el diagnóstico, ahorrándose así unos años de tratamiento no siempre eficaz. Un lumbago suele desaparecer antes de la cita para un estudio radiológico. Y así se podría seguir con la mayor parte de afecciones más comunes. Si un tejido sufre un daño irreversible, como ocurre por ejemplo con las rodillas deformadas por la artrosis, el tratamiento se dirigirá a restablecer la circulación por los “inexistentes” meridianos con desaparición del dolor y notable mejoría en la tumefacción. La lesión osteoarticular, en la medida en que sea irreversible, hace suponer que en el plazo de uno o dos años se producirán nuevos bloqueos que harán necesario un nuevo tratamiento.

La precisión

Las agujas, las moxas, las hierbas y demás remedios chinos no son en sí más poderosos que los fármacos y la cirugía. La razón de su eficacia se halla en la precisión con que se aplican.

El pensamiento médico chino codifica la información sobre unas bases binarias que serán aplicadas a sistemas de cinco, seis y doce variables, siendo posible detallar minuciosamente las particularidades de cada fenómeno. Este lenguaje es el que hace posible que su diagnóstico actual coincida con otro omitido hace más de dos milenios, y a lo largo de estos años, más de un millón de médicos letrados y con acceso a los textos clásicos han ido verificando su utilidad mediante tratamientos eficaces.

La medicina china no considera sus remedios como un arsenal para atacar el mal, sino que su enfoque es diametralmente opuesto: se centra en modificar el terreno que hace posible la existencia del trastorno y deja al organismo en las mejores condiciones para su recuperación.

La medicina oficial trata igual a distintas personas por el mero hecho de presentar la misma enfermedad. Al tener que demostrar su eficacia en condiciones tan diversas, debe recurrir a sustancias muy activas sobre el organismo, por lo tanto, con muchos efectos secundarios, por no decir tóxicas. Como no hay dos personas iguales, suele pasar que un fármaco que a unos alivia o soluciona el problema, a otros les perjudica. Mucho más lógico parece el proceder del médico chino que individualiza los procesos hasta el punto que se pueda afirmar que no trata enfermedades sino enfermos. Obtiene acciones terapéuticas máximas con medios suaves y sustancias atóxicas, porque la racionalidad que subyace a sus imágenes y metáforas hacen posible los tratamientos a medida de la persona y no de la enfermedad.

Si se acepta una medicina experta en patología, con mayor razón se ha de confiar en las que tratan a base de fomentar la salud. La primera debería limitarse a los casos que desbordan la capacidad de restauración del propio organismo. En ciencia, en medicina, como en la vida misma, las teorías sólo sirven si sustentan prácticas eficaces. La teoría china desconoce el sistema nervioso, sin embargo posee remedios de gran eficacia para el tratamiento de su patología, desconoce el sistema endocrino pero es capaz de normalizar las hormonas tiroideas o el ciclo menstrual. Carecen de psiquiatría y, quizá por no separar el cuerpo de la mente, son muy eficaces en estados de ánimo ansiosos o deprimidos, así como en todas aquellas afecciones que surgen entre la psique y el soma.

A pesar de la proverbial belleza de los cuentos chinos, no hay que acudir a su medicina en busca de explicaciones. Lejos del carácter especulativo que le atribuye occidente, su medicina está dominada por la idea de eficacia. Inmediatamente después de un tratamiento o de una sesión de acupuntura ha de notarse una mejoría, primer paso hacia una óptima forma física y psíquica.

La medicina china es producto de una civilización muy distinta a la nuestra y debemos hacer un esfuerzo para comprenderla en sus propios términos. Negar la eficacia de sus aportaciones basándonos en que sus presupuestos son extraños a nuestros paradigmas actuales, sería como negar que se pudiera crear belleza poética con sus, para nosotros absurdos, ideogramas. El chino es un pensamiento coherente, bastante más experimentado que los nuestros, que no necesita que le hagamos pasar una reválida para hacerse comprensible a la más empírica de las culturas. Es de toda lógica que un mundo tan distinto ha de tener otra visión del cuerpo humano. En la medida que la práctica que se deriva de sus teorías funciona, debemos dar por buenas sus razones.

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